Una religiosa pallottina polaca comparte su experiencia de once años como voluntaria en el programa de duchas para personas sin hogar junto a la basílica vaticana.
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Suor Hanna Kiedrowska, religiosa pallottina de origen polaco, lleva once años atendiendo a personas sin hogar en el servicio de duchas instalado en el Colonnato de San Pedro, un programa puesto en marcha en 2015 bajo la iniciativa del Papa León XIV para ofrecer a quienes viven en la calle un espacio donde recuperar parte de su dignidad.
La religiosa subraya que la labor va más allá de la asistencia material. "Hemos de ofrecerles la posibilidad de lavarse, pero también de ser escuchados", explica. Para muchas de estas personas, la posibilidad de asearse supone un paso hacia la normalidad que sus circunstancias les han arrebatado.
Cada mañana, Suor Hanna llega a las siete y comienza a registrar a quienes desean utilizar una de las tres duchas disponibles. Mientras aguardan su turno, los usuarios pueden tomar un té, un café, un cornetto o fruta. A las once se reparten también panecillos elaborados por la Elemosineria Apostólica. El servicio, que cumple ya una década de funcionamiento, se ha convertido en refugio para quienes de otro modo pasarían inadvertidos en la sociedad.
La religiosa recuerda un momento especialmente emotivo en el que, al dirigirse a un grupo de jóvenes sin hogar llamándolos "hermanos", estos rompieron a llorar. "Nadie los había tratado así antes", relata. Ese tipo de interacción resulta esencial, ya que muchas de estas personas arrastran un pasado marcado por el sufrimiento y el rechazo que las ha empujado a vivir en la calle.
Suor Hanna señala además que, junto a las necesidades físicas, existe un profundo deseo de conexión emocional. "Muchos solo quieren hablar y ser escuchados", afirma. Al conocer sus historias, es posible comprender mejor el dolor que llevan consigo, incluidas las luchas contra adicciones ligadas con frecuencia a experiencias traumáticas.
La pallottina ha aprendido a valorar incluso los gestos más sencillos que surgen de su labor diaria. "Cuando me encuentro con ellos en la calle, siempre se detienen para saludarme y sonreír", dice. Ese reconocimiento mutuo representa, a su juicio, un paso hacia la restauración de su dignidad como hijos de Dios. "Agradezco a Dios por estos años de servicio, que me han permitido comprender mejor sus vidas", añade.
Además de la ayuda material, la religiosa pone el acento en la importancia de la atención espiritual. "Me gustaría que pudiéramos encontrarlos no solo en las duchas o durante la distribución de alimentos, sino también en la oración", sugiere. Propone la creación de un espacio dedicado a la adoración y la meditación que enriquezca la experiencia espiritual y comunitaria de los atendidos.
Suor Hanna destaca que el ser humano no solo necesita alimento y refugio, sino también experimentar el amor de Dios y sentirse parte de la Iglesia. Su labor en el servicio de duchas del Colonnato constituye un testimonio de cómo la dignidad y la humanidad pueden restaurarse a través de la compasión y el cuidado mutuo.
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