Águeda Rey, diagnosticada en 2010, fue una de las personas enfermas que el Papa León XIV saludó en privado durante su visita apostólica a España.
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Águeda Rey padece ELA desde 2010. El pasado 6 de junio, en la Nunciatura Apostólica, vivió un encuentro que marcará para siempre su vida espiritual: el Papa León XIV la saludó personalmente durante un momento privado de oración y cercanía. Fue uno de los encuentros que el Pontífice concedió a enfermos durante su llegada a España.
Águeda se comunica a través de una máquina sintetizadora de voz. Antes del encuentro había preparado varias frases para dirigirse al Santo Padre, pero los nervios, la emoción y las dificultades técnicas marcaron aquellos minutos previos. Cuando llegó su turno, el Papa se acercó a ella y a su marido, Alejandro. De todos los mensajes preparados, eligieron uno de agradecimiento: «Muchas gracias, Santidad, por este momento que hemos podido compartir con usted. Será algo imborrable en nuestro corazón. Rezamos cada día por Su Santidad».
Lo que Águeda recuerda con mayor intensidad no son las palabras intercambiadas, sino el gesto del Pontífice. «Tuvo su mano sobre la mía» Esa sensación de contacto físico quedó grabada en su memoria como algo profundamente espiritual. «Mientras estuvo con nosotros tuvo su mano sobre la mía; es como si Jesús mismo me cogiera la mano», ha escrito después en su blog Reflexiones del alma.
Tras el encuentro, Águeda compartió su experiencia con palabras que revelan la dimensión sobrenatural de aquel momento. «Es un regalo directo de Dios», escribió, resumiendo en una frase la gracia que sintió al estar ante el Vicario de Cristo.
El diagnóstico de ELA llegó en 2010. Los médicos le dieron entre tres y cinco años de vida. Han transcurrido dieciséis años desde entonces, años de pérdida progresiva de capacidades físicas, pero también de descubrimiento cada vez más profundo de la presencia divina. «Tengo a la muerte pisándome los talones», reconoce sin dramatismo.
A pesar de la gravedad de su enfermedad, Águeda vive su padecimiento como un ofrecimiento a Dios. Se define a sí misma como «apóstol del sufrimiento», una expresión que resume su comprensión de la cruz como camino de santidad. En sus escritos ha llegado a afirmar que «Lo más importante que hay en mi vida se lo debo a la enfermedad», una convicción que trasciende la lógica del sufrimiento meramente pasivo.
La enfermedad le ha enseñado a poner a Cristo en el centro de su existencia. Esta transformación espiritual no ha sido fruto de una iluminación repentina, sino de años de convivencia con el dolor, de oración constante y de una entrega que ha ido profundizándose con el tiempo.
Durante el encuentro con el Papa, Águeda y su marido entregaron al Pontífice un libro que recoge su testimonio. Para ella, aquel momento quedó grabado como una experiencia de consuelo y proximidad espiritual que trasciende lo ordinario.
Águeda reconoce que le hubiera gustado vivir el encuentro con mayor serenidad interior. «ser menos Marta y más María», reflexiona, y por eso desearía poder repetir la experiencia para estar más atenta al Papa y menos pendiente de sus propias limitaciones.
Su testimonio refleja una fe marcada por la cruz, pero también por la certeza de saberse acompañada por Cristo en cada momento. «Yo he conocido ese Amor, a través de Jesús, el Amor amando desde la Cruz, y nadie me podrá separar de Él», escribe con una convicción que trasciende cualquier circunstancia adversa. Esa certeza es el fundamento sobre el que Águeda construye su vida, día a día, en medio del sufrimiento.
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