
Monseñor Argüello recordó una de las sentencias políticas más célebres de San Agustín: cuando la justicia desaparece, el Estado corre el riesgo de convertirse en una gran banda de ladrones. Remató con un “a las pruebas me remito”.
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La alusión era evidente para cualquiera que siga la actualidad política. Podrá discutirse si la expresión fue más o menos prudente. Lo que no puede discutirse es que planteaba una cuestión de fondo: la exigencia ética de quienes ejercen el poder. Y por supuesto, a la regeneración democrática que necesita España y que tanto pide el gobierno.
¿Y cuál fue la respuesta del ministro Bolaños? Ninguna.
No explicó por qué los ciudadanos deberían confiar en unas instituciones golpeadas por investigaciones judiciales que afectan al entorno del Gobierno. No respondió a la crítica moral. No habló de ejemplaridad. No habló de responsabilidad. Optó por el recurso más viejo y más pobre del debate público: el “y tú más”.
Sacó a relucir los abusos sexuales cometidos en la Iglesia. Un drama real, gravísimo y que merece toda la verdad, toda la justicia y toda la reparación posibles. Pero precisamente por eso resulta aún más impropio convertir el sufrimiento de las víctimas en un proyectil dialéctico para esquivar una crítica política.
La diferencia es evidente. La Iglesia, con todas sus insuficiencias, ha reconocido públicamente la existencia de esa lacra y ha asumido responsabilidades morales. El propio Argüello lo ha hecho. Mientras tanto, desde el Gobierno no se responde al fondo de la cuestión: la creciente desconfianza que provocan los escándalos que afectan a su entorno se combate con descalificaciones, no con explicaciones.
Un obispo no solo tiene derecho a recordar las exigencias morales del poder, lo he dicho alguna vez; tiene el deber de hacerlo. Callar para no incomodar al gobernante sería traicionar la misión profética de la Iglesia. Argüello luego lo explicó bien,
Señor Bolaños, si cree que la reflexión de San Agustín es injusta, refútela. Si considera que la crítica de Argüello es equivocada, rebátala con argumentos. Pero utilizar el dolor de unas víctimas para no hablar de aquello que se le reprocha no es un ejercicio de responsabilidad política. Es, sencillamente, el refugio del “y tú más”. A las pruebas me remito...
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