Después del aplauso

Después del aplauso

Víctor V. Espinar

Reportero de Actualidad Religiosa y Conflictos

Hay imágenes que parecen anunciar un cambio y que, sin embargo, duran menos de lo que uno esperaba. La visita del Papa a España ha sido una de ellas. Durante unos días dio la sensación de que algo se había movido en nuestro país, aunque solo fuera por un instante.

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Muchos vimos en aquellos siete minutos de ovación en el Congreso de los Diputados algo más que un gesto protocolario. Quisimos pensar que significaban respeto, atención y quizá una cierta disposición a escuchar aquello que tantas veces queda fuera del debate político diario: la conciencia, la verdad, el bien común o la dimensión espiritual de la persona. Por eso produce una pena enorme comprobar la velocidad con la que aquel impulso parece haberse evaporado.

En ese mismo hemiciclo donde se aplaudió con solemnidad se plantea ahora aprobar la despenalización de las ofensas religiosas en nuestro país. Es cierto que esta cuestión lleva tiempo preparándose y que ya estaba presente en el debate político, pero ahora se ha dado el paso definitivo para materializarla.

El momento elegido deja una sensación difícil de ignorar. Apenas una semana después de escuchar que una ley respaldada por la mayoría no adquiere automáticamente una legitimidad moral por el simple hecho de haber sido votada, volvemos a enfrentarnos a una propuesta que plantea preguntas profundas sobre el modelo de sociedad que queremos construir.

No quiero desaprovechar este espacio para detenerme en los cálculos políticos, ni en si esta iniciativa sirve para desplazar otros asuntos incómodos para ciertas personas del poder político. Cada uno hará esa lectura como considere. Pero sí me preocupa el contenido y el efecto que una medida como esta puede tener sobre nuestra convivencia.

La despenalización de las ofensas religiosas se presenta como un avance de la libertad de expresión. Evidentemente la libertad de expresión es uno de los pilares de una sociedad libre y democrática y, por tanto, debe ser defendida y cuidada. Pero precisamente por esto conviene reflexionar bien sobre qué entendemos por ella.

En demasiadas ocasiones hemos terminado reduciendo la libertad a la posibilidad de expresar cualquier impulso o cualquier deseo sin preguntarnos por sus consecuencias sobre los demás. Esa idea de libertad, tan extendida en nuestro tiempo, acaba dejando a las personas más aisladas y a la sociedad más fragmentada. La libertad tiene una dimensión de responsabilidad. Tiene relación con el uso que hacemos de ella y con aquello que contribuimos a crear con nuestras palabras y nuestros actos.

Cuando el respeto deja de tener valor público y pasa a depender únicamente de la sensibilidad individual, el resultado rara vez es una sociedad más pacífica. Lo que aparece es una convivencia más áspera, más desconfiada y más cansada.

Y eso ocurre precisamente en un momento en el que ya estamos agotados de vivir en tensión permanente. Todo parece convertirse en motivo de disputa, en bloques enfrentados o en vencedores y vencidos. Resulta difícil entender por qué queremos añadir otro motivo más de confrontación en una sociedad que necesita recuperar espacios de serenidad.

Además, sería ingenuo ignorar que en España resulta especialmente fácil burlarse de los creyentes y, de manera muy particular, de los católicos. Y que, seguramente, esta aprobación busque legitimar los insultos hacia nosotros. Nadie pide privilegios ni una protección especial frente a las críticas, pero existe una gran diferencia entre la discrepancia y el desprecio.

La aprobación de esta ley corre el riesgo de enviar un mensaje cultural muy concreto: que ridiculizar aquello que otros consideran sagrado merece una tolerancia creciente porque forma parte del ejercicio de la libertad. Y creo sinceramente que una sociedad que pierde el respeto por lo sagrado —sea compartido o no— termina debilitando también el respeto entre las personas.

Con esta posible aprobación, vuelve a salir a flote que uno de los grandes errores de nuestro tiempo ha sido pensar que la libertad es la autonomía absoluta del humano. Sin embargo, cada vez más personas ven con claridad que la libertad real y verdadera es la capacidad de poder elegir el bien y orientarse hacia Dios.

Para quienes creemos que esta propuesta es un grave error social, tenemos una responsabilidad que va más allá de la queja. Habrá que argumentar, participar en el debate público y defender nuestras convicciones con claridad. Pero sin reproducir el mismo clima de enfrentamiento que criticamos.

España necesita menos ruido y más fortaleza interior, ciudadanos capaces de sostener sus ideas sin convertir al otro en un enemigo y personas que no respondan a la provocación con más provocación.

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