La prisa que nos robó el adviento... y nos hizo atolondrados

La prisa que nos robó el adviento... y nos hizo atolondrados

Miguel P. Herrador

Columnista de Opinión Religiosa

Cada año repetimos el mismo error: diciembre asoma y la calle se disfraza de fiesta. Polvorones en octubre, villancicos en noviembre, luces encendidas sin que haya nacido nadie. Y, mientras tanto, el Adviento empieza hoy… ignorado por una generación que lo quiere todo al instante.

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Somos la generación del clic: pulsas, recibes. Deseas, llega. Esperar parece un fracaso. Y mira quién te lo dice: los que me conocen saben que la paciencia no es mi fuerte. Mi segundo nombre es paciencia… el primero: ¡¡Poca!! Pero incluso así entiendo algo básico. Las cosas importantes se hacen de rogar. Siempre.

Eso significa Adviento. Adventus: llegada, venida. Y si se espera una llegada, no se celebra antes. Se prepara. Se reza. Se ajusta la vida. Se abre un hueco interior para que entre lo que viene. El Adviento no es fuegos artificiales: es taller, es carpintería interna, es silencio lleno de sentido.

Y en la vida pasa igual. Todo lo que vale la pena necesita su tiempo: un amor que arraiga despacio, un proyecto que crece paso a paso, una herida que solo sana cuando dejamos de exigirle velocidad. La prisa nos roba profundidad. La espera, en cambio, nos enseña a mirar mejor, a distinguir lo verdadero de lo urgente, a reconocer cuándo algo está maduro… y cuándo no.

Esperar también nos vuelve más humanos. Nos obliga a soltar el control, a aceptar que no todo depende de nosotros, a confiar. La impaciencia quiere atajos; la espera construye carácter. En un mundo que idolatra lo inmediato, aprender a retrasar la recompensa es casi un acto de resistencia, una manera de recordarnos que no somos máquinas de producir ni de consumir, sino personas que crecen a ritmo humano.

Pretendemos celebrar la Navidad sin haberla esperado. Igual que pretendemos lograr tantas cosas en la vida sin haberlas madurado. Y así nos pasa: terminamos celebrando envoltorios, no regalos; luces, no alumbramientos.

El adviento es la vacuna contra la prisa. Cuatro semanas diciendo: todavía no, pero pronto. Todavía no, pero merece la pena. Todavía no, pero prepárate. Porque la alegría verdadera no se improvisa. Se espera.

Y empezó ayer. Ayer mismo la espera oficial. Dichosa, sí. Pero espera.

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